José Luis Benítez Armas
La retahila mediática en la que se vive cotidianamente en nuestra sociedad, entre el derecho al acceso informativo y el abuso de este, ha hecho caer a los medios en la tentación de hacer pensar que el derecho a la información es algo así como: “tenemos derecho de saber de todo, sobre todo y en todos los casos”.
La idea esa de que la ciudadanía debe estar al tanto de todo, y sobre todo de todos los casos, parte de la falsa idea de que las decisiones democráticas –aquellas que se toman entre una colectividad—son infalibles: el voto popular como remedio eficaz para tomar las mejores decisiones en todos los ámbitos.
Así, si el crimen de Luis Donaldo Colosio sacudió a la sociedad mexicana en 1994 y devino en un caso de interés nacional, para garantizar que se haga justicia la sociedad en pleno debe estar enterada al detalle y paso a paso, de las investigaciones. Otra cosa que no sea eso es querer evadir aplicar el estado de derecho y no hacer justicia.
Como si todas las grandes decisiones, sobre los grandes problemas nacionales tengan que resolverse en un referéndum mediático cotidiano. Enterar a la sociedad de esto y del otro, de los detalles de las indagaciones policiales, etcétera. ¿De verdad creemos que eso garantiza que se aplique el derecho?
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Debemos asumir que todas las actividades humanas en todos los ámbitos –vida conyugal, familiar, religiosa, sexual, etcétera-- en los que nos desenvolvemos día a día, cabe el derecho a la discreción.
En algún punto de cualquier actividad humana, es necesario tener un espacio íntimo, personal, privado en el cual actuemos de acuerdo a nuestra ética personal y a la ética propia de cualquiera de las actividades que desarrollemos y obviamente de acuerdo a nuestra afán de superación o de buen desempeño. Tenemos derecho todos a cierta privacidad.
Y lo reafirmo: esto en cualquier actividad humana o en cualquier ámbito de la vida de todos ciudadanos y ciudadanas.
Ahora si pensamos en la actividad política que podemos definir como esa labor ingrata pero lucrativa, molesta pero necesaria –¡más bien indispensable¡--, que implica conducir a una sociedad, tarea compleja si la hay (y que ha sido sujeta de análisis y observancia de las mejores mentes humanas, desde los griegos, pasando por Maquivelo, Hobbes, Rousseau, Marx, hasta Giovanni Sartori), debemos reconocer que debe haber un margen de privacidad.
Vayamos al diccionario:
“Política:… arte, doctrina u opinión del gobierno de los estados... Actividad de los que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos... (por extensión) arte con que se conduce un asunto.” (Oceano Uno Color. Diccionario Enciclopédico, España, 2000).
No será pues una insensatez exigir el derecho a estar al tanto o de querer conocer y difundir todos los detalles de todos los asuntos en todos los casos, de las tareas políticas. (En estas tareas políticas se incluyen las que realizan instituciones gubernamentales de cualquier nivel, de partidos políticos, de organizaciones sociales, empresas privadas, grupos culturales o deportivos, y una interminable lista).
Yo creo que los medios estamos exagerando el derecho al acceso informativo, que estamos asumiendo el derecho a la crítica a los gobiernos de cualquier nivel, como el derecho de ver a las instituciones gubernamentales y a los políticos --y en general a los llamados “actores políticos”--, como los enemigos a vencer.
Para empezar los medios de comunicación y la prensa en general, también somos actores políticos; y muy activos e influyentes. Participamos en los procesos electorales; es más --especialmente la radio y la televisión hasta las pasadas elecciones--, nos beneficiamos como empresas de los recursos destinados a las campañas.
Y luego de ser parte activa de estos procesos de elección de nuestros gobernantes, nos dedicamos a verlos con lupa para buscar el mínimo detalle que pueda significar: corrupción, ineptitud, lenidad, tardanza, incongruencia, etcétera, para echarnos encima de ellos y regodearnos en sus imperfecciones.
¿Beneficia a la sociedad que veamos a nuestras instituciones de gobierno y a los políticos en general, como los enemigos a vencer? ¿Esto ayuda a encontrar las mejores soluciones a los verdaderos problemas de fondo de nuestra sociedad o país?
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Los medios al reservarnos la identidad de las fuentes, al acudir a la secrecía de nuestros declarantes, tenemos un margen muy amplio de derecho al secreto, a mantener nuestra actividad en sigilo.
¿Qué institución vigila, supervisa u observa a los medios de comunicación, para que este derecho se maneje de manera ética o buscando siempre el interés de la sociedad?
¿Porqué los periodistas sí tenemos ese amplio margen de maniobra y otros ciudadanos, no? ¿Qué nos hace excepcionales? ¿Qué garantiza que todos los que escriben en una medio impreso, que habla ante un micrófono o se presenta en la pantalla de TV, se maneja con ética?
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No se trata de defender al presidente Felipe Calderón, a la administración federal o a cualquier nivel de gobierno. De lo que se trata de entender la labor gubernamental de cualquier nivel; y de respetar y entender la labor política y de los partidos.
Todos ellos son indispensables. Es la democracia que tenemos, no hay otra.
Es el gobierno que nos dimos, el que elegimos. No hay hasta el momento en la sociedad humana moderna, sistema menos imperfecto que la democracia.
Por ello, debemos los medios y la sociedad, ayudar a mejorar nuestra política y a nuestros políticos, es una labor de todos. Y verlos como enemigos, como siempre sospechosos, no creo que sea la mejor manera de llevar a esta nave –que es nuestro país, como puede ser cualquier otro-- a buen puerto.
email: luisbenitez22@hotmail.com
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