José Luis Benítez Armas
En torno a la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos se han creado –a mi parecer- demasiadas expectativas de parte de muchos mexicanos y latinoamericanos en general. Y lo que es peor, basadas en ideas francamente superficiales y hasta irracionales.
Como el hecho de que Obama sea el primer hombre de “raza negra” que llega a semejante cargo en el vecino país, una idea en el fondo tan racista como el supremacismo que tanto combatieron otros afroamericanos brillantes como Martín Luther King.
Es decir, el sólo hecho de que sea negro no lo hace ni mejor ni peor presidente de los Estados Unidos. Será su actuar y su manera de llevar las riendas de su país –y con ello, en mucho los destinos del mundo- lo que lo calificará como estadista o político. Pero no su origen étnico (origen que por cierto se debe diluir en mucho, debido a que es hijo de un negro africano y una mujer blanca estadunidense. Una razón más para confirmar la estupidez que se debe tener para seguir pensando en función de razas o etnias en este siglo XXI, en que las “razas puras” –si alguna vez las hubo-, ya no existen).
Si acaso su origen demócrata, pudiera ser motivo de optimismo. Pero tampoco, presidentes demócratas como Kennedy iniciaron la guerra de Vietnam, o políticos demócratas como Hillary Clinton –en concordancia con el duro y antiemigrante sindicalismo gringo-, se han mostrado francamente favorables al muro metálico que divide su frontera con México.
Así pues, que Barack Obama vaya a decretar una apertura de fronteras a los migrantes mexicanos para que las tan necesarias remesas crezcan, que vaya a modificar el libre comercio de armas en su frontera sur hacia México, que piense en hacer modificaciones sustanciales a su política anti narco, que piense levantar el embargo a Cuba, que vaya a devolver Texas, o cosas de ese tamaño, pues no más no se ve cómo.
Sin embargo de eso a pensar que no va a pasar nada con su llegada, tampoco puede ser cierto.
Lo que se debe hacer es un análisis mesurado de lo que de verdad pueda hacer Obama, no sólo por México, sino por este mundo en crisis que estamos viviendo en este naciente 2009.
Sin duda algo que sí se puede vislumbrar como posible, es la incorporación de EU a la batalla contra el calentamiento global. Asunto de la mayor relevancia, que perjudica a México y a todos los países del orbe y tema en el que la economía norteamericana puede jugar un papel fundamental, debido a su poderío económico y a ser una de los mayores consumidores de energéticos sucios en el mundo.
También es de esperar que sin dar un giro de 180 grados, y sin darle la espalda a Israel, Obama tendrá que pensar en una recomposición del papel de su país en el Medio Oriente, nicho del estrepitoso fracaso de Bush y su locura armamentista que es una de los motivos que ha llevado a Estados Unidos y de alguna manera al mundo, a la crisis económica que hoy tenemos.
Tendrá de entrada que “echarse ese trompo a la uña”, como diríamos en México. La guerra interminable entre judíos y palestinos (hoy en una etapa trágica, precisamente aprovechada por el estado judío, para que antes que se vaya Bush, tratar de golpear denodadamente a Hamas en la Franja de Gaza), la descontrolada carrera armamentista que tiene en Israel (en mucho apoyada históricamente por los gringos) y en Irán a los elementos más inestables y potencialmente peligrosos para el mundo. Junto con esto, la fallida lucha contra el terrorismo y la vergonzante e ilegal salida que George Bush encontró al crear la infame prisión de Guantánamo.
Y por último, pero no por ello menos importante, la salida “digna” y segura de las fuerzas de Estados Unidos, a la que el propio Barack ya le puso plazo y que para muchos observadores, simplemente no se ve cómo la pueda hacer con eficiencia y sin dejar a Irak en medio de una guerra civil que lejos de dejar tranquilo al mundo, pondría dejar otra vez sobre la hornilla, una macabra combinación: el conflicto árabe-israelí, el armamentismo nuclear de Irán y judío, la división y conflicto interno islámico, todo sumergido en galones de petróleo y además aderezado, con la interminable guerra antiterrorista de Estados Unidos (contra Bin Laden, Al Quaeda, Hezbollá, y otras yerbas). Un escenario de miedo, sin duda.
Ante este panorama, para muchos periodistas y analistas mexicanos les pareció poca cosa la visita relámpago del presidente mexicano Felipe Calderón al presidente electo. Es lógico ante la excesiva expectativa que se ha despertado en torno a la llegada de Obama.
No hubo –es cierto-, pronunciamientos espectaculares. Tampoco se delineó una agenda “especial” de la relación México-EU.
Sólo hubo sonrisas, fotos, estrechamiento de manos y nada más.
Pero creo que lejos de ser algo nimio, la reunión Calderón-Obama debe ser leída como un hecho notable que confirma que no es necesario anuncios espectaculares con declaraciones rimbombantes, para dar idea de lo que puede ser una relación tan complicada y vital, como la que existe entre nuestros dos países.
No hubo más, porque no podría haber más.
Y peor es pensar que por esta mala lectura de la primera reunión Calderón-Obama, México no está en la “agenda de prioridades” del próximo mandatario estadunidense. Claro que está, pues los americanos y sus gobernantes no son tontos.
En la agenda arriba mencionada, México juega un papel vital para los Estados Unidos: para amainar los efectos de la crisis económica, para tener a raya al terrorismo en sus fronteras, para detener las consecuencias del efecto invernadero, y hasta para ayudar a despresurizar el conflicto en Medio Oriente, los americanos deben contar con México.
México con todo y su pobreza, sus migrantes, su petróleo (poco, pero cercano y seguro), sus narcos y su inseguridad pública. Los tres mil kilómetros de frontera común que nos separan, también nos unen ineludiblemente.
lunes, 23 de marzo de 2009
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